Sábado 3 de septiembre, 2011. Heme aquí escribiendo una nueva entrada para mi blog. Un blog de alrededor de un mes de nacido, no, un mes y algunos días. Hace un mes y algunos días, yo aún estaba de vacaciones, no quería regresar a la escuela. No me gusta mucho lo que implica esa palabra, me agradan mis amigos y amigas, no me gusta regresar a hacer trabajos, participaciones, tareas, proyectos, problemarios, copias, examenes, acordeones... Se vuelve una rutina.
Abro paréntesis.
Hoy es sábado, eso significa día de ir a Laguna en Corto, un taller de cortometrajes en mi escuela. Creo que será mi mejor recuerdo de Luzac.
Cierro paréntesis.
Rutina: La vida del monótono. No me considero una persona monótona, por eso odio las rutinas, pero son inevitables. Despertar, almorzar, trabajo/escuela, comer, escuela/trabajo, casa, cenar, dormir. La rutina de millones. En fines de semana suele romperse, siempre es entretenido el sábado por la mañana: nunca sabes que harás el resto del día. Por ejemplo yo: Estoy escribiendo una nueva entrada en sábado por la mañana, nunca lo había hecho.
Tengo que corregir un guión que escribí el jueves. Tengo que hacer tres problemarios, física, química y cálculo.
Tenía que hacer tres problemarios. Sólo me queda cálculo. Iré al taller, veré a mi equipo y a algunos amigos. Me estoy dando cuenta de que esta entrada comienza a parecer un diario. Improvisare un cuento.
"¡La mañana del sábado parece un desierto poderoso!" Gritaba el general Quintana a los cuatro vientos desde la torre de vigilancia. Algunos soldados, lo observaban desconcertados desde abajo, ¿Cómo podría decir eso durante una batalla? Era todo, menos un desierto: Miles de almas aún peleaban contra la Trom, contra los tromitas. Incluso el Aratra se sorprendió de tal exlamación.
Haría falta, tal vez, algo más de vida ante aquel campo de batalla, sólo veíamos muerte. Yo en cambio, era encargado de vigilar desde la torre Este, daba al nacimiento del Sol, pero nunca lo veía morir, sólo cuando su enamorada Luna salía corriendo tras él, yo sabía que el Sol había muerto; Alguien más vendría a ocupar mi lugar por la noche.
De sólo ver a la muerte llevándose almas en el campo de batalla, uno comprendía el grito del general Quintana. Él había vivido desde niño inmerso en la guerra. Su padre fue un humilde granjero, lo ingreso a la academia militar al cumplir 6 años, así tendría una mejor vida, llena de placeres, siempre y cuando los reyes no desataran una guerra. Nadie se esperaba que la Boda entre Amor y Samuel fracazara ahogada en el odio, ni siquiera el Aratra.
El Aratra era el encargado de las profesias de guerra, dirigía a donde atacar y a donde no hacerlo. Pocas cosas le sorprendían, Res lo bendijo con la clarividencia. Esta vez fue diferente, el grito del general Quintana lo sorprendió.
Desde mi torre divisé la lluvia por allá a lo lejos, durante la época tartara las lluvias eran muy poco frecuentes, pero ese aroma yo lo conocía, era el aroma a tierra mojada. Yo sé de ese aroma. Cuando llueve la guerra cesa y la paz reina algunos días. Debido a la falta de agua, los ejercitos aprovechaban cualquier lluvia para abastecerse: bañarse, hidratarse y almacenar algo de agua.
Los monjes, en la ciudad de los reyes, vivían en un adobal, en calma, profesando los castigos a los criminales de guerra y recitando plegarias para los criminales carnales. Quizá la causa de esta preferencia era más religiosa que política. Nuestros dioses se enojaron con la Boda, la Boda Azul.
Bien, fue un buen cuento, me gusto. Tengo tarea y esas cosas. Gracias por leer.
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