viernes, noviembre 18, 2011

La paradoja del miedo (1).

―"Cualquier cosa que se le pueda hacer a una rata se le puede hacer a un humano. Y podemos hacer casi cualquier cosa a las ratas. Es duro pensar en esto, pero es la verdad. Esto no cambiará con cubrirnos los ojos." Esto es el miedo y no tengo idea de cuándo comenzó a ser así. ―Decía el viejo sentado en la caseta, como siempre, delirando mientras hablaba de su infancia y de la infancia de sus padres… las locuras de un viejo hablando sobre alguna extraña mitología, que ni siquiera es capaz de recordar a su edad. Como enfermero le atendía cuando se enfermaba, el tiene que estar por lo menos consciente en caso de problemas en el bar, sólo él conoce el funcionamiento de esas antiguas pistolas y únicas armas que poseemos.

Escuché una alerta en la radio, se acercaba una riña entre fracciones y teníamos que cerrar el hospital improvisado dentro de la taberna. Los fractos se mataban entre sí por el dominio del imperio eléctrico, sus enormes brazos metálicos fácilmente destruirían cualquier cosa que encontraran que usara electricidad, sin importarles que fueran instrumentos médicos para mantener con vida a los huérfanos atendidos en un hospital clandestino.

Los clientes fueron corridos y los enfermos fueron escondidos. Todos quienes estaban en buenas condiciones evacuaron el lugar en completo silencio, sólo quedamos el viejo, una mujer embarazada y yo, un mesero. La mujer lloraba asustada, pero aún podía caminar, le dije que la acompañaría hasta su departamento, le pedí que saliéramos con cuidado, abrí la puerta y salió delante de mí.

Se escucho un corte frente la puerta del bar, un fracto llegó a la mujer embarazada de manera natural y la mató. El maldito gobierno controlaba desde hace tiempo la natalidad de manera muy brutal, pero no había visto que llegaran a extremos de matar también a la madre, normalmente provocaban únicamente algunos de los llamados abortos. El hombre, si es que puedo llamarlo así, adelanto su pierna izquierda, calzaba al puro estilo del arcaico oeste, una bota enorme con un engrane a la altura del talón. Al pisar la entrada del bar, la sangre de la mujer fue absorbida por uno de los tentáculos –no puedo llamarlos de otra forma- que sobresalían de la pantorrilla de aquel hombre. Yo retrocedí casi tropezándome con algunas botellas.

Entró a la taberna con mucha tranquilidad. Su segunda pierna era humana, o al menos eso parecía detrás de sus ropas rasgadas; una playera sin mangas dejaba ver sus dos brazos esculpidos muy posiblemente con alguna aleación de carbono; sin ninguna cicatriz. Como a cualquier fracto, su naturaleza sexual era bastante androgena, pero su voz aunque distorcionada por las componentes abiológicos en su garganta se reconocía como una voz masculina. La vizdermia en su rostro dejaba ver perfectamente una sonrisa maquiavélica, no reconocía sus razones al verlo entrar, pero cuando puso uno de sus ojos sobre mí, entendí que quizás buscaba al viejo.

Señalé la caseta, el viejo parecía dormido, el sujeto se acercó a él y cuando estuvo suficientemente cerca lo arrojó contra la pared, destruyendo la cartera de los muros y dejando ver las incubadoras de los nonatos naturales, abandonados por sus madres en busca de la vida galante. ¡Vaya momento para morir se le ocurrió al viejo! El fracto se acercó a mí, sin abrir su boca, podía ver perfectamente como rechinaban sus dientes y movía su larga lengua dentro de su mismo cráneo. Sus ojos tenía el brillo gris que tienen los fractos en sus ojos, debido a la catarsis que hacían al regresar a sus respectivas bases.

Según yo sabía, recolectaban cualquier cosa orgánica que les sirviera para producir energía, su alimento, los cuerpos que dejaban en el camino eran recogidos por los carroñeros. Los fractos recogían una renta de muchos negocios, nosotros como taberna pagábamos con pesos cada que venían a cobrarnos por trabajar. No servían al gobierno, pero mantenían un control. Los carroñeros recogían la basura que dejaban los fractos, se aseguraban de que las cosas no se supieran, pero siempre se creía saber lo que ocurría: los cadáveres eran llevados a quién sabe dónde, algunos dicen que serían abiotizados para formar las nuevas generaciones de fractos.

El fracto de este día se presentó con la ya reconocida como cancerígena tarjeta virtual. Se nombra OnomaiOS-KUP-34. Me di cuenta que era un modelo muy viejo, el prefijo Onoma en un fracto es muy raro por ser muy antiguo y UP señalaba que se había desconectado del sistema general de cualquier fracción, la mayoría de su generación han sido usados como carne de cañón en las guerrillas de La Federación contra quién se les oponga, generalmente el pueblo. No venía precisamente en busca del viejo y tampoco pretendía hacer cobro alguno. Buscaba un doctor.

Mi nombre es Santiago Vera, matricula de ciudadano VEXOL17853BIO. Doctor en medicina neoempirobiológica, trabajo en un hospital clandestino detrás de un bar. No puedo y no quiero ejercer para la aristocracia en la capital del estado mayor y me gano la vida como tabernero en Torreón. Yo soy un doctor y él busca un doctor.

Le prometieron la rebiogenesis a cambio de llevarme desde Torreón hasta Arrival, una de las viejas metrópolis al norte del país. Un fracto no es el ser más honesto, pero la piel transparente en el rostro de Onoma dejaba ver como aún podía ser capaz de lagrimar al intentar recordar su pasado como humano. Su voz metálica contaba cómo fue enviado y se disculpo apaciblemente por la muerte de la mujer, después de todo “los humanos suelen molestarse por ese tipo de cosas” dijo.

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