La vi subirse al camión, un triangulo rojo, bonitas piernas y cabello largo. Me gustó al verla pero no me atrajo ni me llamó más la atención que sólo eso. De pronto extrañe a Gabriela; muchos días sin verla ya comenzaban a sentirse. La última vez me vio y me di cuenta muy tarde.
Ayer pensaba en que no la volvería a ver, casi un mes sin verla ya era mucho. Se me hizo algo tarde y casi por la noche tomé el camión de vuelta a casa. Con los lentes que en esos minutos traía, me pasé de largo los primeros diez asientos de fibra de vidrio verdosa. Me senté pretendiendo leer un poco y escuchar música otro poco, al cabo de unas cuadras se subió una señora robusta y se acomodo como pudo a mi lado y sobre mi asiento, quedando yo pegado a la ventana. Entre la incomodidad de medio asiento y guardando el libro, la vi.
Después de veintitrés días por fin hoy, ya de regreso a casa, esta vez sin falda -pantalón de mezclilla ésta vez- frente a mí. Su suéter verde combinaba perfectamente con mi color favorito y sus lentes seguían enmarcando perfectamente su rostro. Yo a través de unos lentes prestados por un amigo la miré. Hacía frío pues ya era una de esas noches otoñales en desierto, el camión temblaba simulando su final y ella, porque sintió mi mirada o por casualidad, trató de buscarme a su espalda -creo-. Mi timidez me oculto tras mis lentes que hasta se rió al notarme ocultándome. Se miraba en el vidrio como buscando algún reflejo y yo miraba el vidrio esperando encontrarme con ya tan siquiera uno de sus dos ojos perfectamente enmarcados en esos sus lentes. Quizás un suspiro fue eso, quizá sólo un bostezo por su día universitario, algo pensaba, en mí no por supuesto, después de tres semanas no creo. Tres capas de vidrios nos separaban: sus lentes, el vidrioespejo y mis lentes.
El transporte ése llegó a su destino, no su destino de los que están escritos en piedra, su destino de esos a los que la gente llega -o a veces sólo va-. Mi observancía se rehusó a continuar viéndola, porque ella -mi vista- estaba enojada por el bloqueo de aquél marco negro de pasta en los lentes prestados que en ese momento portaba.
Tres semanas sin verla para terminar escondiéndome en un ridículo disfraz de mimo invisible o de dibujo fuera del margen.