jueves, octubre 27, 2011

De reyes y mujeres (1).

"Me alegra ser una persona normal, del promedio, del rebaño." Decía uno de los muchos locos dentro de su pequeño, solitario y muy cómodo cuarto de blancas y luminosas almohadas. Todo pudo haber sido mejor, el plan del doctor era perfecto: El cofre, la mujer, El Rey. Todo encajó justo antes de que nada encajara, pues nadie contaba con la astucia de la señorita muerte.

Era un día normal en la ciudad, cielo despejado -pocas nubes-, gatos y perros por las calles, incluso para muchos vagos ese era un día tranquilo; después de las fiestas decembrinas todo estaba bien. El doctor Alfaro Pastor, o al menos así era el nombre con el que se presentaba, gritaba sobre los sueños de las personas en la plaza de armas, decía que todos los secretos conocidos y por conocer, se encerraban justo al igual que en la Caja de Pandora, pero en esta ocasión, sólo por esta vez, en el cofre que tenía a sus espaldas. "Pandora, mujer creada y condenada por Zeus para introducir los males en la tierra, fue portadora de una caja, donde todos los secretos que pronto conocería la humanidad se encerraban. Ahora, está caja, cofre, conoce su futuro, el mío y el de usted. Venga, acerquese y descubra lo que le depara el universo".

Las personas se acercaban cual palomas en busca de migajas que les revelaran su destino, el pregonero pregonaba y los oyentes oían, más no escuchaban, si no se hubieran dado cuenta de la farsa que aquél hombre les preparaba. Dentro de la caja algo les esperaba, a una mujer le esperaba algo más que a cualquiera y algo más que a una cualquiera. La externa negrura del cofre estaba tapizada de letras cursivas color vino. Ocho cadenas lo envolvían, siete delgadas y una muy gruesa que llegaba hasta el candado que aseguraba la caja. Como si de alguna bestia se tratase, el doctor Pastor advertía de los peligros que ahí resguardaba.

Mientras tanto, el Rey esperaba su momento para hablar. Durante muchos años, El Rey Pérez había gobernado las tierras laguneras y algunas provincias chavecéñas, desde los bosques de uvas -de esos que llaman Parrales- hasta los mares de arena bilbáicos. De algún lugar de donde el dueño de Quixote no quiso acordarse, algún bufón lo destituyó de su cargo como gobernante, se burló de su puesto y de su nombre anticuado -Xuan-. De no cumplir sus propios mandatos y por no mandar cuidar los jardines, el pueblo -bufonero, por cierto- se quejó ante la corte de los trece mandatarios mas viejos. Ninguno más poderoso que El Rey, juntos más poderosos que quién sea lo desterraron del gobierno de sus torres.

La corte corrió al Rey Juan Pérez convirtiendolo en un Don Nadie de madera, a partir de ahí dudo si alguna vez terminaría su burla -del bufón y de los nobles-. ¡Sorpresa! Llenarse de odio no lo curaría, estaba maldito a hablar cuando se le pidiera y sólo tendría conocimiento alguno sobre cualquier cosa cuando alguien se lo demandara. Recostado, sus ojos de madera ardieron en cuanto Pastor abrió el cofre.

De los dedos de Alfaro salían los hilos de alambre de aquél semejante títere, las ropas completamente rasgadas, ¡ah! pero el mono vestía de seda, cabellos de hilos de platina escurrían por su cara y los labios -de su boca- estaban unidos con uno que otro clavo oxidado. Desde el centro de la corona, dos hilos de alambre corrían hasta los dedos malditos del titiritero, los de la espalda llegaban hasta los pulgares y las manos del Rey se conectaban con los pequeños meñiques del doctor.

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